Por Alejandro Sciscioli

El hombre propone y… ¡las circunstancias disponen! Un ajetreado fin de año me impidió continuar con regularidad el relato de lo vivido durante septiembre y octubre últimos en el Wine Lovers Tour Mendoza 2016, protagonizado por un apasionado grupo de socios de In Vino Veritas Club Privado y lectores de Parawine.com. En entregas anteriores fue narrado el inicio del viaje a la hermosa provincia argentina del sol y el vino. Y ahora retomo y prosigo para contar una experiencia poco feliz en el famoso 1884 Restaurante, del mediático cocinero Francis Mallmann.

Bajo los títulos Cata de lujo en la tienda Wine O’Clock de Mendoza y Maravilloso día vinero junto al Grupo Peñaflor se narraron las primeras experiencias del viaje. Justamente, al anochecer del día en que la gente de Peñaflor nos trató como reyes fuimos al famoso local gastronómico para cerrar lo que creíamos sería una jornada perfecta. Pero lamentablemente no fue así.

Y antes de avanzar, una aclaración. No me gusta publicar críticas negativas sobre nada. Simplemente evito alzar en la web ese tipo de artículos y traslado los comentarios pertinentes a la parte criticada, siempre de manera constructiva. Pero esta vez, teniendo en cuenta la relevancia del restaurante y el mal humor general que causó la pobre experiencia, haré una excepción. Otra aclaración: tengo el permiso del grupo para hablar como si fuera una suerte de “vocero”.

MUCHAS VIVENCIAS PREVIAS. Esta no iba a ser la primera vez que me sentaría a la mesa del 1884 restaurante. Desde el año 2009 ya había concurrido cuatro veces al establecimiento. Las primeras tres, impecables: sin nada que objetar y con todo por  elogiar. La cuarta vez la calidad del servicio decayó y, de hecho, noté que mi comida no estaba gustosa como veces anteriores y el punto de la carne no era el que había solicitado. En aquel momento fui indulgente y supuse que inconveniente había surgido debido a que el sitio estaba, literalmente, colmado. No había ni un sitio libre.

Pero tras esta experiencia 2016 debo decir que salí totalmente desencantado del lugar. Nuestra mesa estaba integrada por 16 personas, todas participantes del viaje. 

Llegamos puntualmente a la hora reservada y fuimos conducidos a nuestro sitio. Como siempre, el sitio es hermoso, con su iluminación tenue pero adecuada, la sobriedad de los muebles y claro, la centenaria edificación tan bien conservada.

Lamentablemente no recuerdo los nombres de los camareros que nos atendieron (no creí oportuno tomar nota de ello), pero de entre ellos quiero destacar la actitud de una chica jovencita y bajita, muy educada y de buen humor. El resto mantuvo un trato casi irrespetuoso.

Teniendo en cuenta que, gastronómicamente hablando, el día había sido muy intenso y abundante, solo dos de los compañeros de viaje optaron por pedir entrada: ambos ordenaron “Empanadas mendocinas al horno de barro con ensalada verde”, que llegaron a la mesa quemadas, no doradas.

Luego, los principales ordenados por los diversos comensales fueron (y copio de la foto que saqué al menú): “Conejo al caldero con limones curados, olivas negras y quínoa”, “Chivito braseado de Malargüe con papas al tomillo y puré de garbanzos”, “Cordero 7 ½ hs con puré de papas, rúcula y gremolata” y “Salmón del Pacífico con alioli de pimientos, tabuleh de cous cous y chauchas”.

Para resumir la cuestión puedo decir que de los 16 comensales, solamente los dos que ordenaron salmón y uno de los que pidieron conejo quedaron contentos. El resto, en mayor o menor medida estuvimos disconformes por el sabor, la textura y lo poco logrados que llegaron los platos a la mesa.

A favor puedo decir que, al menos, todos los platos llegaron al tiempo, como debe ser.

Uno de los miembros de la mesa devolvió al mozo su plato de chivito diciendo que el braseado no era correcto. Lo que volvió en su lugar tampoco lo satisfizo. Por otro lado, una de las viajeras, que había pedido el cordero, ni tocó la comida en su plato. Cuando el joven que estaba retirando la mesa se dio cuenta le preguntó a la señora el motivo, a lo que ella contestó que el mismo no le había parecido adecuado. Y el muchacho indicó que el mismo no sería incluido en la factura.

INSOLENCIA. Pero la cosa no quedó allí. Luego se acercó un insolente jovenzuelo que, presentándose como encargado del salón, echó oscuridad en lugar de aclarar la situación: con una actitud altiva y soberbia dijo que todos los platos habían sido comprobados en cocina antes de salir al salón y que, si el mismo no había sido de su agrado, era porque fue mal asesorada con respecto a sus gustos. En pocas palabras, lo que se entendió de su inoportuno discurso fue que la acusó de tener mal paladar y que si el plato no le había gustado, era por culpa de ella…

Digo yo, ¿cuánto asesoramiento necesita una persona para comprender lo que implica un plato de “Cordero 7 ½ hs con puré de papas, rúcula y gremolata”? 

Tan poco feliz fue la intervención del muchacho que, al salir, la camarera simpática mencionada al principio de este relato nos pidió disculpas por el mal momento.

Mientras salíamos del restaurante pensaba que, en esta oportunidad, ni siquiera se podía decir que estaban superados por una gran clientela: calculo que solamente había una ocupación de 60% del salón interno, y en el patio no había gente sentada a ninguna mesa.

Aún hoy, en el grupo de WhatsApp que compartimos quienes viajamos, bromeamos y lanzamos filosos chistes con respecto a lo mal que nos fue en la velada.

¿Esta será mi última vez a la mesa del 1884? De ningún modo. La próxima vez que visite Mendoza sin dudas volveré a ir. Y espero que en ese momento sí esté a la altura de mis primeras tres experiencias y de las expectativas que todo comensal lleva consigo cuando ingresa al sitio, teniendo en cuenta la fama del restaurante y la de su chef.

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