Por Daniel Fassardi

Iba bastante perdido en mis cavilaciones vineras con la cabeza puesta en la próxima celebración del Malbec World Day, mientras una celebrada frase literaria no dejaba de repiquetearme en la cabeza. "Andábamos sin buscarnos, pero sabíamos que andábamos para encontrarnos", tan genialmente elucubrada por Julio Cortázar en su novela Rayuela, retumbaba una y otra vez en mi cerebro.

Es que quería sumarme al festejo, muy a mi manera, como me gusta a mí. Pero no tenía ganas de una celebración en solitario. Y para ello era preciso que nos encontráramos una vez más con S. para un nuevo banquete de sabores y sensaciones en el cual la cepa insignia argentina fuera el invitado de honor. 

Pensaba en esa frase porque una suerte de telepatía nos une con mi queridísima amiga. De una forma u otra, lo usual es que nos encontremos o crucemos de las formas más insólitas. Y esta vez ocurrió como casi siempre: sonó el timbre de casa y allí estaba ella, con dos botellas de Malbec y una bolsa con carnes varias para que inaugure la parrillita que monté en el balcón del departamento.

Dos señores vinos trajo mi partner: El Malbec de Ricardo Santos y, como si fuera poco, El Gran Malbec de Ricardo Santos. Sí, pequeña orgía enogastronómica íbamos a pegarnos.

Mientras ponía manos a la obra en los menesteres del fuego y la cocción de la carne atacamos al primero de los vinos, que aprecio muy especialmente. Nos encontramos con una joyita: nariz muy intensa con clarísima presencia de fruta roja fresca, más ligeras y sensuales notas a lavanda, mentol, yogurt de frutillas y algo de vainilla. En boca es muy fresco, de buen cuerpo y taninos sedosos; entrega un final largo en el que la fruta siempre marca presencia.

Con el Gran Malbec sucedía algo similar a lo que suele pasar con mi amiga: sabía que íbamos a cruzarnos en cualquier momento. En concreto, lo teníamos decantando desde temprano. Y en verdad que debo reconocer el enorme gusto de S., quien una vez más le dio en el blanco. Se trata de un vino con enorme carácter. En nariz dice “acá estoy yo”, resultando intenso y complejo: se percibe fruta roja ya madura, compota de ciruelas, aromas a sala de barricas, un punto a licor de chocolate, vainilla, algo de anís, hierro y mentol. Un detalle que no es menor: evoluciona en copa, para bien, de modo fabuloso. En boca tampoco pasa desapercibido: muy buen cuerpo, acidez y una estructura firme se unen para redondear un vino bárbaro, de final muy largo y placentero.

Hubo otros Malbec en la semana, por supuesto. Pero para este artículo quise destacar a los protagonistas de esta experiencia. ¿Por qué? Porque son vinos que no se olvidan, muy amigables, que dan ganas de volverlos a visitar una y otra vez en la copa. Como la interminable amistad que me une con S., con quien siempre andamos encontrándonos sin buscarnos.

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